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Por Álvaro Benito López – Brea – Periodista deportivo y colaborador en Mister Underdog

De entrada, me lo vais a permitir. La Champions League es ‘Skam España’ (M+); y la Superliga Europea, ‘Élite’ (Netflix). Ahora, la explicación.

A mis 34 años, me gusta ver series de adolescentes para comprobar cómo es la juventud ahora. ‘Skam España’ es una serie de chavales de clases sociales diferentes, más pobres, más ricos, heteros, gays, bisexuales, cristianos, musulmanes… hay de todo. Eso es la Champions. Siendo una competición imperfecta, es la más justa.

El BATE Borissov puede ser campeón (si supera un porrón de partidos) al igual que lo puede ser el Bayern de Munich (si supera algunos menos).

Las fases de grupos son anodinas, sí, lo compro, pero es la mejor competición por clubes que hay en el mundo. Sin duda.

‘Élite’ es una serie de chavales cuyos padres son, en su mayoría, millonarios. Se les caen los dólares de los bolsillos, viven en una burbuja propia. Y eso es lo que pretende ser la Superliga Europea. Una colección de clubes que quieren hacer dinero. Y están en su derecho, faltaría más. Sucede que dejarían atrás un fútbol basado en la meritocracia para instalarse en la aristocracia. Y eso es peligroso.

Hace unas semanas, al hilo de este asunto, me comentaban que un alto dirigente del fútbol español se quejaba en privado de “ir dos veces al año a Butarque y pase años sin ir a Stamford Bridge”. Leyéndolo así, tiene razón. Los clubes de fútbol son empresas y los jugadores, unos profesionales que tienen que mirar por su futuro. Jugar cada semana ante Bayern, PSG o Juve daría más dinero y seguramente generaría más interés, a nivel global, que hacerlo ante Cádiz, Huesca y Getafe. Vale. Sin embargo, creo que este paso dejaría al fútbol como un deporte sin alma.

El interés de unos cuartos de final de Champions entre Real Madrid y Liverpool es que lo esperas durante semanas. Lo recuerdas durante mucho tiempo. Si sabes que cada temporada se van a medir en una fase regular, al principio te mola, luego te aburres. Imagínate, temporada 2026/27, 20ª jornada de esa Superliga Europea, se miden estos dos gigantes siendo uno 7º y el otro 10º. Ambos, ya sin opciones de ganar el título, y sabiendo que no hay descensos. ¿Qué interés tiene eso? Por favor, que alguien me lo diga.

Dos. La experiencia de la Euroliga de Baloncesto es mala. Lleva tiempo siendo una liga casi cerrada y donde el único interés llega desde los cuartos de final. Antes, pasa inadvertida, pero esa intrascendencia se ha trasladado a la Liga ACB, que se está muriendo lentamente. Si no hay descensos en una competición, ¿qué emoción hay? Sólo por el título. Ninguna más.

Tres. La meritocracia. Para mí la gracia del deporte es avanzar, pelear, ser mejor cada día, como apuntaba Alberto Edjogo en #MisterUnderdog23. Que el Dépor sea campeón de Liga. Que el Oporto gane una Champions. Es como la vida: hay quienes soñamos con una vida en la que el hijo del obrero y del banquero tengan las mismas oportunidades. Si la Superliga Europea es una realidad sin descensos, siendo una competición cerrada, condenará a todo aquél equipo que no esté entre la élite.

Y cuatro. Entiendo que si esto se pone en marcha, la UEFA impedirá que la aristocracia juegue las ligas nacionales. Esto de poner al equipo A los fines de semana en Europa y al equipo B entre semana en casita suena jugoso, pero a veces no se puede estar en todo.

Dicho esto, tengo la sensación que esto tiene fácil solución. Que la UEFA ponga más panoja, más partidos, y reduzca los encuentros de las federaciones nacionales. Es decir, una Champions más amplia, ligas nacionales con menos equipos, y ‘Copas’ en formato express. Todo sea por contentar a los ricos, y que mientras, los pobres sigan soñando con codearse, alguna vez, con la aristocracia.