Apuestas tenis
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Lo dijo Alex Corretja el pasado lunes en #MrUnderdog17: el Top3 de grandes favoritos en Roland Garros lo componían Nadal, Djokovic y Thiem. Nada nuevo bajo el sol. Pero resulta que Thiem quedó apeado en cuartos y luego, en semis, la lógica se impuso: los dos ogros, a la final

 

Novak Djokovic es el malo de la película. No pasa nada por decirlo. En todas las pelis tiene que haber un malo, el típico personaje al que respetas, te acongoja porque es bueno, pero deseas que pierda con todas tus fuerzas porque su victoria es siempre contraria al beneficio de tu protegido, de la persona que más quieres. Y Nadal es el yerno de España: pocos recelan de él, casi todos aplauden sus éxitos, y sobre todo, cómo los consigue.

Debo confesarlo, los malos me encantan. Me encanta Lewis Hamilton. Me encanta Novak Djokovic, aunque Nadal emociona, y vale más emocionar que encantar. El serbio es sangre en los ojos, mirada eslava que te destruye y te deja desnudo. Un ganador nato que aspira al GOAT con todas las de la ley. Pero no he venido hoy, que me estreno, a hablar de su tenis. Eso ya lo ve cualquiera. Sino de lo que hay detrás.

 

Djokovic es hijo de los Balcanes, de la guerra. Creció entre bombas, en aquella Yugoslavia que se desgajaba a mediados de los 90. Cómo no recordarlo. Tuvo problemas respiratorios; lo resolvió. Tuvo problemas con su dieta; lo resolvió descubriendo que era intolerante al gluten. Y tiene como gurú mental a Pepe Imaz.

 

Pepe es su coach mental. Eso existe, no te asustes. Fue ex tenista, tiene una academia en Marbella y rápidamente conectó con Marko Djokovic, el hermano de la criatura. De ahí, su conexión con Novak. Ha viajado con él, le consulta, le asesora, le ayuda en el aspecto psicológico, tan importante en el tenis. Cuando hablas con Pepe, es todo alegría, es PAZ, con mayúsculas. Parece que incluso levita, en el sentido más bonito de esa palabra.

 

El serbio, por tanto, es especial. Le acompaña su casi inseparable coach de siempre, Marjan Vajda; y ahora, Goran Ivanisevic, que fue un tenista monumental. Cuando Novak está de buenas, es un showman: le hemos visto bailar a horas de jugar un partido, hacer imitaciones, o colaborar en causas solidarias. Cuando está de malas y aparece el ‘Angry Novak’, da miedo. Y no lo digo solo por el bolazo al juez de línea del US OPEN. Eso es consecuencia de un comportamiento en el que el de Belgrado va al límite

 

¿Por qué? Muy sencillo. La gestión de los nervios. Cuando algo va mal, Nole se enrabieta, mira al palco, grita, parece a un paso de descomponerse. Pero casi siempre lo convierte en energía positiva. Por el camino, monta su propio guión.

 

Ante Pablo Carreño, en cuartos, apareció rígido, molesto, serio. No estaban para vacilarle. Una tira en el cuello y saque a medio gas. Mi twitter apareció lleno de rajadas contra él: teatrero, antideportivo, showman… ¿La razón? Recibió asistencia médica en el primer set, gesticulaba, todo giraba en torno a él. Luego se recompuso y ganó, pero esa imagen de malo de la película fue alimentada por mil. Se lo ha ganado a pulso, pero qué queréis que os diga, dadme malos así.

Luego, las victorias sientan mejor. A que sí.